
Tunte fue antes de la conquista de la isla un poblado aborigen, como lo prueba la multitud de cuevas-viviendas que aún hoy podemos ver. Después de la conquista, Tunte, conservó el nombre y se convirtió en la capital de todas Las Tirajanas, capitalidad que hoy sus moradores continúan defendiendo ante otros pretendientes.
En Tunte, por ser la capital, ha estado siempre su Iglesia Parroquial, el Ayuntamiento y el Juzgado. Tunte, lugar arruado de casas y cuevas, dentro de la misma caldera, tiene diversas vistas panorámicas como Los Pechos con sus 1700 m. de altitud. En otros tiempos, hasta Tunte, los domingos, desde muy temprano se veían los caminos repletos de personas desde todos los pagos precedían y acudían con sus mejores vestimentas. Al llegar a la entrada del poblado se calzaban los zapatos que traían , durante todo el camino, al hombro. Una vez que se sacudían el polvo de las veredas y secaban el sudor de sus frentes entraban limpios en el pueblo. Ya dentro de Tunte, todos de dirigían al templo para oír la misa parroquial, cumpliendo así con el precepto de la iglesia. Luego se desparramaban por calles y plazas; entraban y salian en las tiendas y comercios para proveerse de lo necesario; se cruzaban los salvados y se preguntaban por los ausentes; se resolvían los problemas jurídicos o de ayuntamiento. Todo este agradable espectáculo finalizaba a la caída de la tarde, cuando los vecinos regresaban a sus pagos después de pasar por el molino para retirar la molienda que habían dejado al llegar o quizás el domingo anterior. Por fin, Tunte quedaba en el silencio de siempre, al anochecer. Esta histórica estampa de los domingos de Tunte, ya no existe. La autoridad civil prohibio que se abrieran los comercios y tiendas en los días festivos. Con la ley se consiguió el objetivo, pero las consecuencias fueron desastrosas para la imagen dominguera de Tunte. Otra de las costumbres típicas que también se ha perdido en Tunte es la de la partida de almendras. Después de su cosecha, en cualquier día de la semana, el viajero que pasaba por las calles de Tunte veía abiertas todas sus casas y en ellas hombres y mujeres partiendo almendras. Sentados en el suelo o en pequeños taburetes, delante de una piedra y con un hierro o martillo en la mano, iban cogiendo almendras de un cesto orecipiente, partiéndolas sobre la piedra y dejándola en un montón junto a la piedra, reunidas las pipas con las cáscaras. El continuo golpear sobre las piedras producía un ruido acompasado. Terminaban estas partidas de almendras con las tertulias o reuniones de amigos o vecinos. Pero continuaba el trabajo de la almendra; si antes de las partidas hubo que vararlas, apañarlas, espigarlas, quitarles la primera cáscara, ahora, después de partidas, hay que amontonarlas para separarlas de su segunda cáscara que servirá para el fuego en invierno, pesarlas, meterlas en sacos y entregárselas al comprador, que las embarcará al extranjero. Esta labor se ha perdido y ya casi nadie coge almendras porque su costo supera los beneficios de su comercialización, es lo mismo que sucede con la aceituna.